Luego de presenciar una
pequeña protesta
de “Si a la arepa,
no al McDonalds” por
parte de jóvenes
"punk", nos dirigimos
sin demasiadas pistas al
Colegio Santa Rosa de Lima,
donde se realizaría
la presentación.
Su auditorio, con capacidad
para mil personas sentadas,
es un elegante salón
que raramente es invadido
por el rock, pero se ajustaba
perfectamente al tipo de
performance que pueden ofrecer
4 músicos clásicos,
aunque la euforia despertada
hiciese olvidar que allí
hubiese sillas, a excepción
de aquellos que -muy a pesar
de los organizadores- decidieron
montarse sobre ellas.
Desde el momento de entrar
al recinto, notabas que
ese día sería
diferente, el público
era un poco diferente al
que podías ver en
un típico toque de
metal y quizás el
precio de la entrada era
determinante, mientras al
mismo tiempo chicos muy
jóvenes y señores
con cara de ser asiduos
de conciertos de jazz se
dejaban ver aquí
y allá.
Música,
maestro
El concierto empezó
puntualmente a las 7 pm
con Parkas, cuando aún
habían personas ingresando,
mientras organizadores trataban
de dejar personas fuera
del recinto o dirigiéndolas
al palco superior porque
“no había sillas”,
se respira una aire de excitación,
era increíble que
íbamos a ver Apocalyptica.
Lección aprendida:
nadie va a un concierto
de rock a quedarse sentado.
Luego de un discurso de
uno de los organizadores,
hablando del rock progresivo,
el traer bandas en su mejor
momento y no cuando están
obsoletas y depreciadas,
aseguró que según
un pequeño sondeo,
todo indicaba hacia Parkas.
La banda, estandarte del
dark caraqueño y
que empezó cuando
sus integrantes rondaban
los 13 años, regresa
después de un par
de años de silencio
y con una vertiente mucho
más sinfónica,
compartiendo con la vena
electrónica característica.
Nuevos miembros, composiciones
renovadas y un acompañamiento
de 10 violinistas permitió
que la gente disfrutara
y ovacionara a una banda
que no solamente fue a rellenar
espacio o cumplir un requisito,
sino a mostrar excelente
música y sobre todo,
emotividad, entusiasmo y
lo más importante,
amor propio e identidad
nacional. Alivio: hay góticos
y dark que no quieren mudarse
a Europa. Un gloria al bravo
pueblo coreado por todo
el público y aplausos
de pie daban el aperitivo
de una excelente noche.
Cello Rock
Una media hora después,
y cuando los técnicos
se llevaron todas las plantas,
batería y micrófonos
que llenaban el escenario
y que era innecesario para
los cellistas, dejando tan
solo 3 podios a la izquierda,
la batería con una
configuración de
los tambores totalmente
horizontal y un podio a
la derecha, las luces se
apagaron y la gritería
empezó. El público
estaba eufórico y
Apocalyptica se hizo esperar,
la tensión era similar
a la excitada curiosidad:
¿cómo suena
esta banda en vivo?. Luego
de unos 10 minutos, con
luces azules que iluminaban
una pancarta de la calavera
usada en la portada del
disco Cult, entraron en
escena Eicca y compañía,
en las cuales se incluía
un sobrio señor de
edad que tocó en
los primeros 2 discos de
la banda para luego dedicarse
a la música clásica,
y estaba de regreso.
La música empezó
de forma inmediata con Path,
y el público no paro
de gritar, desde ese momento,
los músicos se veían
entre sí, visiblemente
sorprendidos por la reacción
del público, especialmente
cuando el público
coreó a todo pulmón,
Master of Puppets, Fight
Fire with Fire, Creeping
Death, Nothing Else Matters,
Enter Sandman. Seek n Destoy,
o las nuevas Bittersweet
y Life Burns, algo que en
Europa no sucedió
durante su gira Cult, donde
aún tocando Domination
y Refuse/Resist (que en
Caracas pasaron por alto).
Incluso hubo momentos en
que el grito de los más
de mil asistentes ponía
en aprietos al sonidista
de Apocalyptica, con quien
Eicca fue a hablar durante
2 ó 3 veces durante
el recital. Quutamo, Betrayal,
Somewhere, Farewell, Heat,
Fisheye, Inquisition Symphony,
Prologue y Hope completaron
el setlist.
Los escandinavos devolvían
la energía que el
público les daba,
con un sonido excelente
y sin fallos, con un baterista
impresionante que nada tiene
que envidiar a Lombardo
y Ulrich, disparando juntos
canción tras canción,
y con una actitud absolutamente
metalera, arrancando gritos
y sorpresas cuando uno de
ellos hacía el conocido
“helicóptero”
con el cabello mientras
tocaba, cuando usaban sus
cellos cual guitarras eléctricas,
levantándolos en
el aire, acercándolos
a la usanza de Iron Maiden,
y tocándolos al frente
de la batería. Sólo
el señor de edad,
que parecía el perfecto
director de orquesta, se
mantuvo al margen de esta
locura, pero su calidad
interpretativa no dejaba
dudas, era un Apocalyptica.
Los solos fueron tocados
de forma perfecta, y quedará
impreso en la memoria colectiva
de los que tuvimos la fortuna
de ir, la precisión,
el virtuosismo, un excelente
performance, la energía
del metal y la poderosa
conexión entre músico-fanático.
Los tres hablaron en un
inglés incomprensible
a través del micrófono,
y mostraron efusivas muestras
de cariño por nuestro
país. Aunque con
menos español que
Corey Taylor o los Madden,
“Venezuela es una
chimba” (venían
de Rock al Parque, en Bogotá,
Colombia), Apocalyptica
hizo saber el respeto que
sentía por nuestra
nación, cuya bandera
enarbolaron al final del
concierto, cuando tras un
segundo bis y la negativa
de la gente a abandonar
el local, salieron como
actores de teatro, a despedirse
de la gente de forma personal,
chocando manos y dando saludos.
Durante toda la presentación,
que se extendió por
una hora y media, interactuaron
muchísimo con el
público, pidiendo
palmadas, brazos levantados
y gritos, creando una atmósfera
de participación
total. El concierto terminó
con un bis, aupados por
los gritos incesantes, de
Hall of the Mountain King,
que terminaron tocando de
forma anárquica,
incluyendo a Eicca y sus
compañeros tirados
en el piso tocando desenfrenadamente
y que el miembro más
reservado y mayor de ellos,
se fuese del escenario pasando
por encima de ellos. Los
cellos quedaron esparcidos
sobre el escenario y ellos
se fueron, sonrientes y
ya sin camisas.